What if…?

“Aunque proteste un poco es por que soy un corazón de hombre, y los corazones de hombre son así. Tienen miedo de realizar sus mayores miedos porque consideran que no los merecen, o no van a conseguirlos. Nosotros, los corazones, nos morimos de miedo solo de pensar en los amores que partieron para siempre, en los momentos que podrían haber sido buenos y que no lo fueron, en los tesoros que podrían haber sido descubiertos y se quedaron para siempre escondidos en la arena. Por que cuando esto sucede, terminamos sufriendo mucho.”

Paulo Coelho. El Alquimista.

Siempre le dio miedo una pregunta que empezase por “¿Y si…?” Esconde muchos miedos del pasado y seguramente aún puede que esconda ciertos temores del futuro. Y no sabe bien como empezó. Ni de donde vino. Donde estuvo el origen.

Nada hacía presagiar que lo que se esconde detrás de esas tres letras llevase a tanto. O a tan poco. Una cantidad siempre depende del prisma con que se mire y con qué se compare.

Quizá sólo fue una película en un determinado momento. Un libro en la época correcta. Una fotografía el día que tenía que ser. Las cosas no suceden por estar en el sitio adecuado. Debes estar además en el momento adecuado. En nada nos va a afectar el tango si se está en la cocina a otra cosa.

Pero el caso es que siempre estuvo ahí… ¿Y si…? La edad sólo lo hacía peor. Más patente. Podría incluso decirse que empezaba a ser un reto…

¿Y si…?

Muchas veces no pasaba de ahí. Alguna discusión ocasional con los amigos, siempre regada con abundante alcohol y en cierta plaza. Porque ellos no eran capaz de ver lo que él. O como él lo veía. Para qué ese “¿Y si…?“. ¿Acaso no estaba todo bien? Pero no. Obviamente no estaba todo bien.

Si bien nunca supo qué lo generó, cómo o por qué, sí sabe muy bien cuando explotó. Una revista. Debajo del televisor de la sala de estar. Sí, una de esas televisiones Thomson en las que se cambiaban los canales con unos botones transparentes. Color madera a todo su alrededor. Esa parte de debajo del televisor que antes servía para almacenar todo tipo de papelajos. Ahí encontró el catalizador.

Ahí surgió, en cierto modo, la teoría del gusano. Pero este no es el momento de teorizar. Fue al ojear esa revista cuando en cierto modo empezó el torbellino. Porque esa es la sensación que recuerda. Un torbellino. Todo se aceleró. Ese “¿Y si…?” ya no era un ligero eco en la cabeza. Un ligero eco que salía cuando se miraban reportajes en la televisión. Ya no era lo que resonaba entre los ojos tumbado sobre la cama mirando el techo. Y fue un torbellino que paró de repente. Y tan de repente paró que se encontró a si mismo con dos maletas en un aeropuerto que no conocía. En un sitio donde la gente hablaba raro. Y esa pregunta siguió rondando en la cabeza. Pero maduró. Mutó. Se adaptó.

Se adaptó a lo que ya era una realidad. Dura al principio. Muchas tardes mirando por la ventana. Pero le sirvieron para entenderse a si mismo. A como se comportaba según las circunstancia. Según algunas circunstancias.

Pero quizá ese primer torbellino para lo que sirvió fue para darse cuenta que todo es más fácil de lo que parece. Que una vez pasado el pánico inicial las cosas se pueden conseguir. Si se desea. Si se pone todo el interés. Se pueden conseguir. Sólo hay que saber que la sensación de vértigo siempre va a estar ahí. Que nunca será tan grande como la primera vez. Aunque a veces hay segundas partes tan buenas como la primera siempre hay algo de originalidad perdida.

Primera vez

Lo curioso de todo es que siempre hay un ancla. Ese ¿Y si…? tiene sus ventajas e inconvenientes. Porque tienes un lugar que hace de centro de tu universo. Y sabes que siempre puedes volver, que siempre tendrás esa sensación de casa en ese lugar.

Y todo siguió adelante. Y los ¿Y si…? ya eran algo más. Eran una posibilidad cierta. Sólo había que alargar la mano y cogerlos. Le gustaba esa nueva sensación. Esas opciones que se habían abierto ante sus ojos. Esos nuevos ¿Y si…? transformados.

Nuevos mundos. Nueva gente. Tragos dulces y amargos. Noches solitarias y noches plenas. Con gente y sin gente. Que no tiene por qué estar unido. Lugares, sonidos. Olores.

Y un día… Un día notó que había algo raro. A fuerza de vivir. A fuerza de sentir. Esos ¿Y si…? evolucionados volvieron a hacerlo. Volvieron a mutar. Pero esta vez fue diferente. Esta vez, quizá por primera vez, preguntaron por el pasado.

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Fue un giro inesperado. Lo cogió con el paso cambiado. Le sirvió para repasar. Repasar en movimiento. Tal era la inercia adquirida. Y curiosamente, los ¿Y si…? esta vez sí se formulaban así. Y comenzó su interrogatorio.

¿Y si no hubiese hubiese buscando en el monstruo? Seguramente Californication no tendría el significado que tiene ahora. Ni un Long Island sería lo que es. No habría habido deportivos rojos…

¿Y si le hubiese importado hacer turnos y mancharse las manos? Hoy quizá no podría aterrizar en Madrid y decir que tiene algo especial. Quizá todo a lo que se dedica a día de hoy sería diferente. Quizá nunca habría sabido lo que es que la vida te cambie en un minuto. Que el corazón brinque y se pare. Siempre hay algún Evil a la vuelta de la esquina.

¿Y si se dedicase a hacer un psicotécnico en su tiempo? Pues a lo mejor no habría visto los más bonitos ojos azules del mundo. Ni tendría esa simpatía latina. Ni habría un buenas y santas. Ni sabría de las vocecillas.

¿Y si NYC no hubiese sido un must? ¿Y si hubiese preferido seguir con el molicote y el mono mejor que la corbata y la lengua? ¿Y si no mirase detenidamente un archivo que ni le va ni le viene? ¿Y si no le diese por indagar en todo hasta el último minuto? ¿Y si no hubiese máquina de café? ¿Y si un aeropuerto no tuviese algo especial? ¿Y si no hubiese gusano?

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Y pensó que era peculiar. Que los ¿Y si…? valen para empujarte si de verdad lo quieres. Y que también valen para traerte de nuevo a casa, aunque sea sólo en espíritu cuando no se puede. Que hay que apreciar lo que tienes y luchar por no perderlo. Pero también ser consciente de lo que necesitas. Y a veces, por un período de tiempo. Largo o corto según con qué se compare. Hay que volar para poder volver y valorar el nido.

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Y aún hoy muchas veces le cuesta tomar la decisión. Ahora que hay dos bandos. Ahora que la cuerda tira en dos direcciones. ¿Cómo puede decidirse? Sabe que las cosas se cogen con las manos. Sabe que sólo hay que alargar los brazos y están ahí. Y también recuerda el olor de su espalda…

PD: Esto no es más que un ejercicio literario. Ojalá pudiese un día escribir algo tan bonito como una historia de amor o algo sobre la nieve.

Dedicado a Bisbal.

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