Difuso

– ¿Estás bien? Te he notado muy callado…

– Sí, claro. Muy bien.

– ¿Seguro?

– Por supuesto.

Esto me preguntabas a la salida de una deliciosa pizzería en Berkeley, CA. Acabábamos de volver de Yosemite. Y era cierto. Estaba muy bien, en la gloria. Pero también es cierto que entre tanto disfrute llevaba unos días pensativo.

Y pensaba en muchas cosas. Una de ellas que hay puntos de inflexión a lo largo de nuestra vida. Algunos de carácter puramente espiritual y otros más de tipo icónico que otra cosa. Imagino que uno de esos puntos impuestos por nuestra sociedad es llegar a los cuarenta. Me parece además una curiosa coincidencia que los haya cumplido durante una visita a una ciudad que definió en cierta medida quién soy hoy. San Francisco.

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San Francisco es fantástica  casi desde cada punto de vista desde el que se pueda mirar. No sólo está enmarcada en un paraje natural (su bahía) absolutamente sobrecogedor, sino que el ambiente, la cultura, la filosofía de vida y tantas otras cosas que se aprecian al recorrer y recorrer sus calles hacen que se te quede siempre colgada de la mente. Si alguna vez se visitas San Francisco nunca la olvidarás. Siempre estará en tu cabeza. Pero el cambio que experimenté allí hace 16 años no tiene tanto que ver con la ciudad en sí. Este tipo de experiencias pueden asaltarnos sin tener que irnos tan lejos ni a sitios, a priori, tan especiales. Tuvo que ver conmigo y solo conmigo.

Ya apuntaba yo ciertas maneras. Eso de que “cuando el río suena…” va a tener algo de razón. Mi insistencia por salir de Cádiz a (casi) cualquier precio dejaba ver que mi plan de vida iba por otros derroteros. Que por mucho que adore mi tierra eso no significaba aceptar lo que para mi eran muchas limitaciones. Desde luego que estaba dispuesto a explorar qué se me ofrecía como persona y como profesional por ahí fuera. Los “What if…” eran insistentes en aquella época.

Me fuí un Enero del 2001 con 23 años y volví siendo otra persona y, sobre todo, con las ideas claras. Lo que pensaba que iba a querer se había convertido en un sé lo que quiero. Y en aquellos momentos y durante mucho tiempo pensé que tenía nítido el recuerdo de mi tiempo de transición. Pero como sucede en algunos sueños, donde la realidad aparece distorsionada, no hay nada como volver para comprobar que los recuerdos van por un lado y lo que ven los ojos no necesariamente por el mismo. San Francisco me ha parecido… difuso. He tenido la sensación de conocerlo todo pero al mismo tiempo también recordarlo como en una nube. Ya no sabía las rutas para llegar a distintos sitios. De los locales que en algún momento conocí (pocos) ya no recordaba nada. De mis paseos por sus parques, vagos recuerdos. Es volver a redescubrir, con sus cosas malas y buenas. El intentar cuadrar ese recuerdo nítido/difuso con todo lo que implicó para mi me tenía un tanto extrañado. Andaba por un sendero vagamente conocido que no acababa de definirse en mi mente.

portada

Es ley de vida. Como en los Langoliers. El pasado se modifica al poco de vivirse. Se borra y deja de ser como tal para pasar a existir en el presente a través de nosotros. Dentro de nosotros. De lo que ha implicado en nuestra vida y de quién nos ha hecho ser.  Y San Francisco es un pasado genial, no lo voy a negar. Una época maravillosa que ya pasó y que tiene su propia banda sonora.

Y eso era solo una parte de lo que ocupaba mi mente. En medio de esa nube difusa y esos sentimientos encontrados estaba lo más nítido de todo. Tú. Como una de esas fotos de instagram donde jugamos a ser fotógrafos profesionales desenfocando gran parte de la imagen y dejando perfectamente definido lo que nos interesa. En ese sentido San Francisco era el ambiente difuminado. Lo fundamental del paisaje, tú. Era tener en un mismo espacio una parte importante de mi pasado, mi fabuloso presente y la perspectiva de mi futuro. Era mi vida borrando poco a poco mis recuerdos, dejando algo que conservar con cariño y monstrándome lo que hay y lo que viene. Haciéndome ver lo afortunado que soy. Es como congelar el momento donde todo se relentiza casi hasta el infinito y una figura en el centro sigue moviéndose y pidiéndome que la acompañe. Tú.

Puedo recordar con inmenso cariño mi pasado, mi transición, mi amor incondicional por aquello por todo lo que supuso para mi. Pero puedo ver cristalino mi presente y cómo me lo regalas cada día. Caminar por esa línea temporal contigo de la mano, saltando a mi alrededor, cantando rimas imposibles,  tu mirar en mi mirar y tus caras burlonas de gamberra sin remedio haciendo que me derrita. Desafiándome en cada conversación, corrigiendo mis faltas de ortografía y gramática e invitándome a ser mejor. Todo contigo.

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