Bajo dos banderas

Hay un olor común a este lado del gran mar. Cuando hace cinco años y contra mi voluntad se me ordenó regresar a casa nunca dudé de mi retorno a Nueva España. Y como no dudé entonces, tampoco dudo ahora de que aquí moriré.

A pesar de la desastrosa campaña en Argel y por motivos varios he sido nombrado gobernador de La Luisiana. No es un regalo. ¡Válgame Dios que lo sé! Las cosas han estado tensas por aquí y debíamos haber tomado posición y mando pleno de esta plaza mucho antes. Creo que ni Antonio de Ulloa ni Alejandro O’Reilly han conseguido entender las particularidades de esta tierra. Por supuesto nunca consiguieron comprender qué y cómo es Nueva Orleans. La ciudad tiene corazón francés y es solo a través de descifrar las particularidades de esos habitantes que se puede llegar a ganar su consideración y respeto. Al fin y al cabo muchos ya no se creen ni quieren ser franceses. Se consideran locales de pleno derecho. Han nacido aquí y nunca han estado en la vieja Europa. Me pregunto cómo se sienten los habitantes de Nueva España. En algún momento decidirán que son lo que son y no lo mismo que nosotros…

¡Pero es tan diferente esta ciudad! Durante el tiempo que estuve persiguiendo a los apaches en Chihuahua o en la ciudad de Méjico nunca había visto nada así. Desde la terraza de mis aposentos miro la Plaza de Armas con sus enormes robles y me maravillo de su frondosidad. Colgando de sus gigantes ramas, mecidas por la cálida brisa del atardecer, se balancea esa planta colgante que los franceses llaman la “barba española”. Le da un aspecto peculiar y único al conjunto. Hay inmensos magnolios salpicados aquí y allá con unas gigantes blancas flores, del tamaño de un sombrero y tan suculentas como su denso olor que se extiende por cada esquina. Todo bañado por una humedad pegajosa ya en mayo que hace que no se pare de sudar.

Las casas construidas alrededor de la plaza y en calles anexas muestran la prosperidad de los comerciantes que aquí se asientan. Están pintadas de distintos colores, con lo que la vista se enciende y alegra con solo mirarlas. ¡Esa gama colorida es tan diferente de la triste y gris España! La necesidad de construir rápido hace que casi no se use la piedra. Temo por un ataque inglés que pueda provocar un fuego. Deberíamos trabajar en eso junto con las defensas de la ciudad. Pero en cualquier caso me ha sorprendido la elegancia de los balcones y la mezcolanza de razas que acoge. Morenos, criollos, franceses, indios, españoles… Todo se funde en esta urbe. Durante las tardes eternas de este casi verano la gente gusta de pasear, observándose, midiendo sus ropajes, sus joyas, su estilo mezcla del europeo con las nuevas tendencias que se generan aquí mismo. Esta ciudad es especial.

Pero nada de Nueva Orleans, de su vida propia, y de la Luisiana por extensión, se puede explicar sin el gran río. El Padre de las Aguas de los nativos. San Luis para los franceses y Misisipi para los criollos. Intuyo que es este último nombre el que perdurará. Lo puedo ver, durmiente, al otro lado de la plaza. Baja marrón, terroso, fuerte pero al mismo tiempo perturbadoramente calmado. Cuentan los locales que en los meses venideros los huracanes vendrán a mostrarnos su verdadera cara. Es el río el que avisa de la llegada de esos demonios que arrasan con todo, cambiando la fuerza de su flujo y su color. Impregnando el aire con olores diferentes. Es, por supuesto, el responsable de la prosperidad de la ciudad. Hasta aquí llegan barcos del viejo mundo, de La Habana y de Jamaica cargados con sus exóticas mercancías. Y no solo a la ciudad.

Aguas arriba el río vertebra La Luisiana y sirve de método de comunicación para numerosas comunidades que de otra forma tendrían que desplazarse por los caminos de estas peligrosas tierras. Los pantanos se extienden durante días de viaje, con sus aves desconocidas, sus caimanes acechantes y sus mosquitos transmisores de enfermedades que ningún médico puede tratar con garantías de éxito. Solo los indios entienden sus ramificaciones, cómo moverse por sus vericuetos y cómo emboscar al enemigo, ya sean ingleses u españoles. Y es que este río y su control son capitales para su Majestad. Por aquí se alimentan los ingleses para sus actividades de pillaje y desestabilización de la zona. Siempre con la ayuda de sus fuertes en la Mobila y Baton Rouge. Tenemos que hacernos con esos enclaves.

Soy Bernardo de Gálvez. Y esta es mi historia.

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Desde la distancia

Ya van más de cinco años. Se cumplió hace unas semanas. Concretamente el 12 de septiembre. No es que el hecho de que se cumplan años haga que sea especial. Quizá simplemente lo que provoca es que uno se pare a pensar. Han sido cinco años muy intensos. De muchas experiencias y también de muchos momentos perdidos. Momentos que me hubiese gustado compartir con mi familia y con mis amigos y que no ha podido ser. Lo digo con un punto de amargura, sí, pero al mismo tiempo también soy consciente de lo afortunado que he sido. Que soy.

Cuando te paras a pensar en esto es casi inevitable hacer balance e intentar reducirlo todo a si mereció la pena o no. Perdón. Matiz importante. Si está mereciendo la pena. Y tengo que hacer esfuerzos realmente potentes para no dejarme arrastrar ante esa tentación. El sentimiento que siempre me rescata es C. Todo, absolutamente todo, ha merecido la pena por ella. Es el presente más fabuloso que jamás me habría podido imaginar. Por ella todo mi mundo cobra sentido. Todos esos esfuerzos y sacrificios que pudiesen parecer desordenados y sin un fin aparente de golpe se orientan en una dirección.

Con el paso del tiempo uno nota alteraciones en su día a día y en sus relaciones y sentimientos con ‘España’. Lo entrecomillo porque en ese término incluyo un batiburrillo de lugares, personas, sentimientos, olores,… Todo lo que se refiere a… A ‘España’. A veces hay que dejarse vencer ante la imposibilidad de encontrar la palabra adecuada. Me he sorprendido a mi mismo siendo capaz de identificar, por ejemplo, como mi familia ha fortalecido el núcleo y me ha dejado un poco de lado. Muy poco. Extremadamente sutil. Pero lo noto o creo notarlo. Veo como mi relación con algunos amigos se vuelve elástica y más lejana a medida que dejo de estar en momentos cruciales de sus vidas. Me veo comparando, a mejor y peor, situaciones y circunstancias del día a día de allí con el de aquí con un prisma diferente del que utilizaba hace no mucho. No estoy seguro de si me gusta esa nueva visión.

Pero al mismo tiempo se está disfrutando de una experiencia sin igual. No solo ante la posibilidad de viajar y visitar sitios con los que mucha gente solo sueña. No. Siempre, y soy prisionero de mis palabras, dije que no estaba interesado tanto en viajar como en conocer qué hay realmente en cada sitio. Porque la visión del turista ocasional se queda en lo superfluo como no puede ser de otra forma. Pero yo siempre quise vivir, residir, integrarme. Y con esa integración, en mayor o menor grado, vienen aparejados ciertos cambios de mentalidad. Ciertos puntos de vista que quizá son de lo más valioso que se adquiere.

Y muchas veces llego a preguntarme qué es real y qué no. Hace no mucho aún estaba en ese limbo en el que consideraba mi situación temporal. Quizá por eso todos estos pensamientos no me asaltaban. Pero creo haber llegado a ese momento en el que uno tiene que decidir si quiere convertir esta ‘temporalidad’ en algo permanente o volver a casa. Y tampoco es tan sencillo como elegir entre una de esas opciones. Porque tendré que volver a construir e invertir en esos puentes maltrechos. En volver a compartir momentos vitales. En cambiar mi prisma.

En cualquier caso, y pasadas unas semanas desde que escribí casi íntegramente este post, la realidad supera a la ficción. La situación no deja de evolucionar y como escribí en otro momento no muy lejano, produce una especie de placer morboso alejarse por un momento del torbellino de sensaciones y contemplar todo desde la experiencia. A pesar del vértigo. A pesar del insomnio.

O quizá es como dice C. Que pienso demasiado las cosas porque todo va a ser infinitamente más sencillo. Como dije, con ella todo tiene sentido.

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Difuso

– ¿Estás bien? Te he notado muy callado…

– Sí, claro. Muy bien.

– ¿Seguro?

– Por supuesto.

Esto me preguntabas a la salida de una deliciosa pizzería en Berkeley, CA. Acabábamos de volver de Yosemite. Y era cierto. Estaba muy bien, en la gloria. Pero también es cierto que entre tanto disfrute llevaba unos días pensativo.

Y pensaba en muchas cosas. Una de ellas que hay puntos de inflexión a lo largo de nuestra vida. Algunos de carácter puramente espiritual y otros más de tipo icónico que otra cosa. Imagino que uno de esos puntos impuestos por nuestra sociedad es llegar a los cuarenta. Me parece además una curiosa coincidencia que los haya cumplido durante una visita a una ciudad que definió en cierta medida quién soy hoy. San Francisco.

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San Francisco es fantástica  casi desde cada punto de vista desde el que se pueda mirar. No sólo está enmarcada en un paraje natural (su bahía) absolutamente sobrecogedor, sino que el ambiente, la cultura, la filosofía de vida y tantas otras cosas que se aprecian al recorrer y recorrer sus calles hacen que se te quede siempre colgada de la mente. Si alguna vez se visitas San Francisco nunca la olvidarás. Siempre estará en tu cabeza. Pero el cambio que experimenté allí hace 16 años no tiene tanto que ver con la ciudad en sí. Este tipo de experiencias pueden asaltarnos sin tener que irnos tan lejos ni a sitios, a priori, tan especiales. Tuvo que ver conmigo y solo conmigo.

Ya apuntaba yo ciertas maneras. Eso de que “cuando el río suena…” va a tener algo de razón. Mi insistencia por salir de Cádiz a (casi) cualquier precio dejaba ver que mi plan de vida iba por otros derroteros. Que por mucho que adore mi tierra eso no significaba aceptar lo que para mi eran muchas limitaciones. Desde luego que estaba dispuesto a explorar qué se me ofrecía como persona y como profesional por ahí fuera. Los “What if…” eran insistentes en aquella época.

Me fuí un Enero del 2001 con 23 años y volví siendo otra persona y, sobre todo, con las ideas claras. Lo que pensaba que iba a querer se había convertido en un sé lo que quiero. Y en aquellos momentos y durante mucho tiempo pensé que tenía nítido el recuerdo de mi tiempo de transición. Pero como sucede en algunos sueños, donde la realidad aparece distorsionada, no hay nada como volver para comprobar que los recuerdos van por un lado y lo que ven los ojos no necesariamente por el mismo. San Francisco me ha parecido… difuso. He tenido la sensación de conocerlo todo pero al mismo tiempo también recordarlo como en una nube. Ya no sabía las rutas para llegar a distintos sitios. De los locales que en algún momento conocí (pocos) ya no recordaba nada. De mis paseos por sus parques, vagos recuerdos. Es volver a redescubrir, con sus cosas malas y buenas. El intentar cuadrar ese recuerdo nítido/difuso con todo lo que implicó para mi me tenía un tanto extrañado. Andaba por un sendero vagamente conocido que no acababa de definirse en mi mente.

portada

Es ley de vida. Como en los Langoliers. El pasado se modifica al poco de vivirse. Se borra y deja de ser como tal para pasar a existir en el presente a través de nosotros. Dentro de nosotros. De lo que ha implicado en nuestra vida y de quién nos ha hecho ser.  Y San Francisco es un pasado genial, no lo voy a negar. Una época maravillosa que ya pasó y que tiene su propia banda sonora.

Y eso era solo una parte de lo que ocupaba mi mente. En medio de esa nube difusa y esos sentimientos encontrados estaba lo más nítido de todo. Tú. Como una de esas fotos de instagram donde jugamos a ser fotógrafos profesionales desenfocando gran parte de la imagen y dejando perfectamente definido lo que nos interesa. En ese sentido San Francisco era el ambiente difuminado. Lo fundamental del paisaje, tú. Era tener en un mismo espacio una parte importante de mi pasado, mi fabuloso presente y la perspectiva de mi futuro. Era mi vida borrando poco a poco mis recuerdos, dejando algo que conservar con cariño y monstrándome lo que hay y lo que viene. Haciéndome ver lo afortunado que soy. Es como congelar el momento donde todo se relentiza casi hasta el infinito y una figura en el centro sigue moviéndose y pidiéndome que la acompañe. Tú.

Puedo recordar con inmenso cariño mi pasado, mi transición, mi amor incondicional por aquello por todo lo que supuso para mi. Pero puedo ver cristalino mi presente y cómo me lo regalas cada día. Caminar por esa línea temporal contigo de la mano, saltando a mi alrededor, cantando rimas imposibles,  tu mirar en mi mirar y tus caras burlonas de gamberra sin remedio haciendo que me derrita. Desafiándome en cada conversación, corrigiendo mis faltas de ortografía y gramática e invitándome a ser mejor. Todo contigo.

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Aire

La sensación es de pesadez. Respiras y notas tu pecho hincharse. Notas el aire bajar desde tu nariz hasta los pulmones. Bien. Hasta ahora parece que todo está correcto. Piensas en qué tienes que hacer de forma inmediata que se te esté olvidando y que pueda explicar esa desazón. Y sin embargo no hay nada y hay todo. Por supuesto que tienes cosas que hacer, pero la más importante es disfrutar de esa persona que camina a tu lado. Pero por algún motivo ese aire que atrapas no te está llenando. El pecho pesa y da la impresión de que se vacia con demasiada facilidad. Y esa sensación de peso permanente se complementa con la falta de aire. Ese momento entre la expiración y la inspiración parece hacerse eterno. Volver a respirar cuesta. Se vuelve un movimiento que tienes que forzar, que tienes que recordar hacer.

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Por qué? Las explicaciones pueden ser múltiples. Tantas como veces me pueda poner uno a pensar en ellas. Por un lado la más obvia y, como diría un buen científico, confirmada por los hechos. Ha coincidido las dos veces que ha pasado. El tener que irse. Cuando uno lo que quiere es quedarse. Quedarse a disfrutar del calor familiar, de la preparación de este proyecto de futuro. De una de mis ciudades. De los largos paseos disfrutando de las callejuelas, de las cafeterías y restaurantes que se descubren en cada esquina, del cielo de Madrid, de esa sonrisa caminante que te acompaña.

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Sí, debe ser eso. Debe ser esa tensión de estar alargando demasiado algo. De estar perdiéndose una parte de la vida.

Pero uno sigue pensando y aparecen otras posibilidades. No será porque realmente no estoy haciendo lo que quería? Es realmente esto lo que esperaba? No somos ingenuos en ese sentido. No. Sabíamos lo que había y lo abrazamos más o menos inducidos a ellos. Pero lo hicimos. Sin embargo eso no quita el golpe de realidad.

Pero sigamos pensando… Qué hay en el futuro cercano que pueda generar esto? No, no puede ser. Eso va a ser seguramente el día más bonito de mi vida. No puede ser que me genere esto. O sí?

Sigamos dándole a la cebolla. Quizá el quererlo todo y no poder abarcarlo. Porque es lo que te sucede por el maldito gusano. Quieres esto y aquello. Pero hay que saber que echar algo de menos no significa quererlo de vuelta.

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Y sé que es anticipar. Sé que cuando toque acabar estaré triste pero sobre todo inmensamente feliz. Sé que me costará adaptarme, pero que por supuesto lo haré.

Y debería, una vez más, concentrarme en estos meses que vienen y que serán preciosos. Y en la mejor persona del mundo. Y en que soy una de las personas más afortunadas que existen. Y lo hago. Pero de vez en cuando, sólo de vez en cuando, el aire se torna pesado…

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Lo que significa estar

No he querido escribir sobre ello estando el hecho tan reciente. Necesitaba un poco de distancia, un poco de tiempo, un poco de reposo. A veces la cercanía de un evento puede provocar que no se mire con la suficiente perspectiva.

Pero sin duda fueron unas semanas duras. Duras por inesperadas. Duras por indeseadas (sin duda). Dudas por ver el dolor ajeno que te toca tan cerca. Tan en el centro de tu corazón. Duras por ver como se apaga alguien, alguien a quien no conocías bien pero a quien gente que admiras describe como excepcional. Pero excepcional dentro de la mundanidad. Dentro de lo socarrón, impertinente, inapropiado, negativo… Pero también dentro de lo afectuoso, de lo brillante, de lo responsable,… de lo padre. Conformando un todo maravilloso. Y duras por saber que no lo puedo entender en su totalidad. Pero que algún día, desafortunadamente, parece que podré.

Y uno se pregunta, después de estar presente y compartir el dolor, de reir histéricamente a ratos para aliviar la tensión, de pasar del ‘son dos días’, al ‘no puede ser’, al todo va a ir bien y finalmente al dolor mas intenso, cómo de importante es vivir la vida que tenemos. Cómo puedes estar fantásticamente bien un día, entrar a que te arreglen y no poder optar a terminar lo que querias terminar. O lo que ni siquiera habías empezado. A pesar de todo, ver el dolor de una familia reunida, incondicional, ver a los amigos asistir con pena en el corazón, ver a los compañeros llegar en tromba y no solo hablar de lo buen profesional que era, sino de lo buen conversador, de lo culto, de lo didáctico, de cómo disfrutaba (a su estilo) de enseñar, hace que te des cuenta del valor moral de esa persona. Hace además que valores esa familia dolorida ahora. Hace que te des cuenta de cómo de importante es estar en ciertos momentos en la vida de una persona. De lo que significa ‘estar’, y estar bien. De como a la hora de valorar y entender a esa persona que tienes a tu lado esos momentos y gestos importan. Contribuyen a crear una vida común. A crear un vínculo difícil de romper.

Y es importante notar que ‘estar’ no solo es estar en mente. El estar de cuerpo presente es fundamental. Porque es un cuerpo al que abrazarse, al que golpear, al que oler, al que aferrarse o del que alejarse. Todos, en cierto modo, podemos acompañar a alguien en el pensamiento. Pero pocos pueden estar ahí, para lo que se necesite, cuando se necesita. En ese sentido he tomado una de las mejores decisiones de mi vida. Y curiosamente ha sido de las mas sencillas de tomar. No he tenido, por algun motivo, ni un atisbo de duda y sinceramente me da igual las consecuencias que en otros ámbitos de mi vida pueda tener. Estaba donde tenía que estar donde tenía que estar. Punto final.

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